Visión de Miguel Lillo (por Carlos Páez de la Torre - La Gaceta)

“Cuando Miguel Lillo disecaba la pata de una rana o bautizaba una gramínea, hacia 1902, seguramente otro espíritu nacía”, escribió Guillermo Orce Remis en “Seis destinos y otros rostros”, su bello libro de 1963. El sabio “vivió en éxtasis muchos años, y de ese material impalpable le fue creciendo un mundo del que no debía salir jamás”.

Pájaro, rana o hierba son islas desabitadas, desconocidas, en una vida. “Lillo arribó a muchas islas desconocidas en su vida, pero ninguna lo impresionó más que Tucumán. Nada hay tan extraño, desconocido y pavoroso como la propia tierra”, escribió Orce Remis.

En “su viaje por ese cerrado mar, preparó colecciones: más de 2.600 aves; un herbario de más de 200.000 ejemplares que formaría la base del Instituto de fama universal que lleva su nombre”. Estudió en Tucumán, viajó, conocía varios idiomas. “Pero todo esto le sirvió para levantar una valla entre él y los demás hombres. Creo que nadie la franqueó; su realidad estaba en otro lado: silencio, soledad. Desde allí acechaba a los hombres, sus gestos, sus pequeñas vidas, con maligna agresividad y dureza. Sobre su genio áspero y cáustico asomaron algunas caras. Muy pocas”.

Agrega que “después, sólo rostros de pájaros y hojas y raíces lo unen o separan de ese inquietante y amargo universo de los hombres. Poco a poco se va hundiendo en su silencio, en una soledad hecha de rechazos. Va cerrándose en su propio círculo, en su propio pozo, como en un círculo mágico. Después funda un instituto: pero en su testamento, para que entren en su casa sólo cuando muera. Cuando su evasión sea definitiva”.

 

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